Hábitat (parte dos)

Parte dos: El inventario.
Si usted no ha visto la obra, absténgase de seguir leyendo, primero vaya a verla y después decida si este artículo le es necesario.

Debo confesar que llegue con un par de minutos de retraso a la función de Hábitat debido a que esa misma tarde hice una función de teatro guiñol en el centro comunitario San Juan Bosco. No demasiado tarde, la verdad, tomé asiento mientras el elenco jugaba en la mesa con la parafernalia del desierto y una cámara. Fue un momento esperanzador. Una de muchas imágenes bien logradas en el resto de la representación.
Luego de este juego visual, y la subsecuente introducción de sillas y acciones físicas, viene la desafortunada primer linea de texto, la cual anuncia que esta noche brindaremos por los idiotas. Pensarán quizá que me sentí aludido, pero estarían equivocados: me considero un flojonazo, pero un idiota jamás. (Guiño) Si la frase y las que le siguieron me pusieron los pelos de punta es porque considero que como en una buena novela, la primera frase de un texto dramático es fundamental y revela la tesis del creador. Brindar por los idiotas transforma la obra en un juego perverso que más que hablar del hábitat en el que vivimos, se dedica a pintar lo peor y más caduco de nuestra sociedad. Y digo caduco porque entre estos trazos podemos identificar algunos que se antojan pasados de moda o poco congruentes con la actualidad, ya no digamos relevantes para el total de la propuesta. Los estereotipos no son buen material para un trabajo de investigación, mucho menos si estamos ante un biodrama o pieza documental.
Al final de la obra, el inventario de idiotas incluye mujeres con complejo de princesas, buchones, machos, gente que no entiende pasajes salvajes de la biblia, hombres enamorados, gente sin sentido del humor y todo aquel que no entienda que lo que esta viendo no es un vaso de plástico rojo, sino una copa. Para redondear, se incluye a varias figuras del ámbito artístico de nuestra localidad, a quienes no se menciona por nombre pero se señala con poses y muletillas.
Esta fauna y flora es retratada sin compasión, lo cual no estaría tan mal si no fuera porque no hay en los personajes y en el texto intención aparente de encontrar en el hábitat algo digno de ser rescatado. Todo es, para citar otra desafortunada y repetida línea, caca.
¿Qué obligación tiene un creador de encontrar bondad y esperanza si no desea hacerlo? Podrían preguntar. Ninguna, claro, la prerrogativa es de quien la quiere. El problema es, para mi, que un inventario, aunque sea de escombros, debería dejar como mínimo una estructura erguida o perfilando el horizonte del desierto como signo final de que el lugar al que pertenecemos tiene remedio. Declarar desde las alturas que nuestro mundo esta llenó de idiotas no nos aporta nada. Eso ya lo sabemos. Ignorar voluntariamente y con oscuras intenciones que incluso en el desierto hay belleza, vida y futuro es negarle al teatro el sentido de su existencia. ¿Para qué realizamos un inventario si no es para identificar las debilidades de nuestra empresa y encontrar soluciones? ¿De que nos sirve afirmar que todo es caca y dejar esa imagen en el aire? No quiero decir que debieron habernos sermoneado o algo por el estilo, no, sino que la sinópsis que se nos entregó en la puerta pintaba una experiencia distinta de la que vimos.
¿O estaban intentando decirnos que ellos, en su lugar indestructible, son lo único que resta: la última esperanza?
Para una obra que comienza su diálogo con el público diciendo que el que no tenga sentido del humor es un idiota, deberíamos haber sido contagiados de buen humor. No podemos entrar a un hábitat y seguir sus reglas si los seres que nos reciben no están dispuestos a seguirlas ellos mismos. Los personajes no tienen sentido del humor, durante la mayor parte de la obra se instalan en el sarcasmo, en el cinismo, y rara vez demuestran sentimientos nobles.
O del otro lado del humor, donde deberia estar el dolor: Mencionar la guardería, contar narco tragedias y confesar amores no correspondidos no afecta al público si no les afecta a ellos.

Inventariar debe tener propósito y método, algo que ni en el teatro mas abstracto se puede dar uno el lujo de ignorar. Ambas cosas, aunque los excelentes videos de ensayos y los teasers nos digan diferente, estuvieron ausentes en la representación.
Explicar la obra en la sinopsis del programa de mano no se vale.
Sin embargo, la mayor deficiencia de Hábitat consiste en su carencia de ritmo, requisito indispensable para que el público mantenga un interes orgánico en la puesta. Las escénas, o viñetas, de esta obra, se siguen la una a la otra por medio de largos pasajes de diálogo sin matices ni tempo. Que no exista un motivo (leitmotiv), un conflicto secreto entre los actores y sus acciones, fuera de hacer inventario y crítica de los idiotas, solo hace que esta ausencia de ritmo sea mas evidente.

Para mejor ejemplo, el final. O mejor dicho, cuando la obra se detiene.

Lo que he dicho hasta ahora puede sonar duro y, para oídos sensibles, devastador, pero deseo afirmar que estos apuntes son mi propio inventario de cosas (no idioteces) que me parecieron importantes respecto al trabajo de Independiente.3, y que como dije en la primera parte, no significa que no haya cosas que aplaudir. En la siguiente y última parte de este ejercicio hablaremos al respecto.
Siga bajo su propio criterio.

* Para un análisis del trabajo actoral recomiendo leer la pieza de opinión de Erika Tamaura, que pueden leer aquí.

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