Entre Peter Brook y una mujer sesuda

Acabo de leer una entrevista a Peter Brook que me ha hecho reflexionar sobre algunas de las aseveraciones que he hecho con respecto al teatro que me interesa y el teatro que proponemos hacer con la CMT. Coincido en muchos aspectos con Brook sin ponerme a su nivel, por supuesto, pero como lo comenta en una de sus respuestas, hay nececidades específicas a ciertas regiones que de vez en cuando requerirán alejarse de una forma pura de teatro para intentar generar el debate, que es una de las cosas que yo proponía en un inicio, darle al teatro cajemense un sentido social en el que la comunicación de ideas y el debate silencioso o vocal sea parte importante.

Coincido también en una concepción del arte teatral como una experiencia compartida. Un lugar en el que el “espectador” no existe, y en su lugar tenemos a un participante. En nuestra producción de Para matar… el tiempo se discutió mucho sobre el nivel de complejidad de la obra, de la anecdota, llegando al final a la conclusión de que nuestro teatro no debe ser condescendiente con el público, debe respetarlo y ofrecerle la oportunidad de ser mucho mas que un mero espectador.

Luego de leer la entrevista me gustaría compartir con ustedes algunas de las partes que me parecen mas interesantes y mas cercanas o universales y que me invitan, de manera muy personal, a pensar en la escena y actuar acorde.

En fin; aquí las palabras de este maestro…

– Veamos. Tiene usted delante un vaso de agua (lo mira, primero, y lo roza con los dedos, después). En el momento en el que lo prueba, todo en usted, en sus células, le va a decir “esta agua es más pura que el agua de alcantarilla, pero menos pura que la del manantial más puro de la montaña”. O sea, que dentro de usted, de forma inconsciente, surgirá un movimiento hacia la pureza y otro de reacción contra la impureza. Todo esto, para llegar a lo que quiero decir: que el teatro, en mi opinión, nunca ha sido el lugar idóneo para el debate.

– El intercambio de ideas se produce hoy en la televisión, en la radio, en los libros… no en el teatro. La gente no va al teatro para asistir a un debate. El teatro también el cine nos permite vivir las experiencias maravillosas y horribles que nunca hemos encontrado y que muy probablemente nunca encontraremos en nuestra vida real. Por eso tienen tanto éxito las películas de terror: porque desde nuestra seguridad de la butaca no corremos ningún riesgo, pero durante un corto lapso de tiempo podemos saborear el miedo, miedo ante cosas que no nos van a pasar. ¿Y qué ocurre con el gran teatro griego? Que nos pone frente a la dificultad de vivir, como una experiencia personal, las cosas inevitables que amenazan a las personas, a las sociedades. Y cuando eso ocurre puede llegar la catarsis, que es un concepto que hemos empezado a olvidar y que es tremendamente positivo.

– Hay una necesidad de experimentar en primera persona, de compartir durante una hora y media, o media hora, o tres horas, una experiencia real con otras personas. Porque eso sí: si no es experiencia compartida, no es teatro. Y sí, creo que ese matiz de realidad, de autenticidad, puede ser un argumento de por qué la gente llena teatros hoy. Eso, y que la gente busca meterse en una sala de teatro para que le hagan pensar.

  • El teatro, la dramaturgia, no son una meta, sino más bien un microscopio. Y es cierto que me lo han dado todo en la vida, y que cuando observo a la gente, a ese señor que mira su reloj, a esa camarera que sirve hielos, a esa pareja que se habla en voz baja, a esos señores serios que hablan de cosas supuestamente serias (Peter Brook va describiendo lenta, pausada pero instantáneamente la vida efímera de este bar)… no me son indiferentes, pero sólo son impresiones de vida. ¡Qué horror sería observarlas pensando en utilizarlas un día para algo! Hay una cosa que siempre me hace reír cuando la recuerdo, y es Jean-Paul Sartre dando entrevistas: llevaba siempre encima un cuadernillo y un bolígrafo y cuando contestaba algo ocurrente decía: “¡Ah, eso que he dicho ha estado bien, lo voy a anotar!”. Qué horror. Espero no mirar nunca la vida así.

Cuando contemplamos una obra teatral realmente importante sobre el tema del amor por ejemplo, los sonetos de Shakespeare la palabra amor ya no es algo sobre lo que se pueda discutir: se convierte en la experiencia profunda de un solo hombre, en este caso el propio Shakespeare, a través de todas las fases del amor: la paz, la alegría, los celos, la mentira, la autojustificación, la necesidad de destruir al otro… todo está ahí, concentrado, y nos permite comprender lo que es el amor desde nuestro interior. ¿Sabe por qué triunfa el teatro, por qué ha vuelto la gente al teatro? Porque el teatro no trata de nada en concreto. Trata de la vida. Es la vida.

Amen.

Para terminar este mensaje quiero agradecer a Teresa Padrón por la excelente reseña que ha hecho de Para matar… el tiempo, la cual los invito a leer en su blog o en el periódico este viernes. Un abrazo Tere.

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